“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse,
sin importar tiempo, lugar o circunstancias.
El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romperse”
CAPÍTULO 9. HILOS ROJOS II. LOS HILOS ROTOS.
Él daba miedo.
Mucho miedo y lo sabía.
Cada vez que hundía las patas en la tierra, sentía como su cuero se afirmaba sobre el terreno arcilloso humedeciendo sus patas y manchando su pelaje.
Lex era enorme, intimidante y aterrador.Media de nariz a cola 2,23 metros , pesaba más de 190 kilos y su altura se elevaba sobre los 1,40. Todo el pelaje negro brilloso lo ayudaba a camuflarse de noche.
Esta era una de esas noches.
Había corrido y corrido dejando a su lobo suelto, sintiendo la libertad de la noche y conectándose con su entorno. Emprendió el viaje de vuelta cuando la conexión son Sambana se hizo un fino hilo.
Había creído que ahora que este se había emparejado ya no lo sentiría, pero se equivocó.
Trotó por el sendero que hacía de día en forma humana mirando cuan distinto era todo de noche, hasta que se tiró sobre el borde de un pequeño y fino río. Estaba estático y la brisa cálida de principio del verano lo golpeó. La luna sobre su cabeza brillaba y las estrellas titilaban.
Suspiró y acercó el hocico más cerca del agua. Bufaba y hacia pequeñas olas sobre la lenta superficie que corría hacia las piedras, su lobo era juguetón. Le gustaba correr y saltar por en el agua fresca, correr tras liebres y oler flores. Lástima que cuando se sentía amenazado, mataba sin miramientos.
Un pequeño sonido de ramas rotas lo hizo girar, río en su forma lobuna, lo que era más aterrador que si reía como humano sus colmillos eran de 30 centímetros blancos y muy muy filosos. Escaneó buscando, mirando, oliendo…sintiendo hasta que encontró el aura que lo estaba acosando, se escondía tras uno de los pinos. Era pequeño, un lobito gris que no tendría más de 14 años, 15 máximo.




