E. 731
Pandora León
Pandora León
Era una tarde nublada, de esas en las que terminas haciendo nada hasta que par de locos amigos tuyos te invitan a salir. No soy de las que pregunta mucho, ellos solamente tuvieron que decir: Liss, vamos a salir. ¿Te apuntas? Y yo quedé vestida en menos de un parpadeo.
Pasaron a recogerme y yo, contenta de hacer algo que no fuera estar en mi casa, me dejé llevar junto a una lata de cerveza en mi mano derecha. Teníamos el radio a todo volumen y cantamos las canciones a viva voz... al menos solo íbamos nosotros; si alguien nos escuchara nos demandaría por intento de asesinato.
Sí, así de malo cantamos. Luego de unas cuantas horas, ya me empezaba a impacientar. Iba a abrir mi boca para preguntar, cuando me fijé a mi alrededor… la comunidad por la que pasamos estaba desierta, muy desierta, incluso para un día nublado. Una decoración del patio de una casa llamó mi atención. ¿Eso que estaba encima de la verja era una calavera? No era una calavera humana, más bien como la de un toro o algo así como lo que enseñan en las películas de viejo oeste y desiertos.
Parpadeé y di un trago largo a la quinta lata de cerveza que pasaba por mi mano, cuando intenté fijarme de nuevo para ver si había visto lo correcto, el carro ya había avanzado.
Seguro estoy viendo cosas... Esta es la última que me bebo.
Mi amigo Fernando se estacionó frente a un edificio enorme y viejo. Sus paredes blancas tenían manchas negras producidas por el tiempo. Por los balcones que sobresalían , pude suponer que era un hotel abandonado. Fernando se bajó del carro, seguido por Carlos.
-¿Qué hacen?- pregunté.













